Erase una vez una vieja mansión, no era muy habladora ni social, de hecho hacía muchísimo tiempo que no mostraba la más leve sonrisa, y la relación con su dueño empezaba a pender de un hilo, un hilo maltrecho. Él cada vez la visitaba menos, aunque nunca tuvieron un trato muy superficial, más bien se sentían mutuamente como aquellas almas que son conscientes de tener un "otro yo" en algún lugar del universo y su inmensidad. Una vida feliz e inocente, y otra sumida en la amargura.
Pero aún así, a pesar de todo, él, con su inocencia, recorrió todos y cada uno de sus pasillos, sintió cada poro de su apreciada mansión, vivió en ella durante días, noches, tormentas que apenas dejaban diferencia lo uno de lo otro, y fríos e interminables inviernos. Sin importarle que a ella, nadie le importaba, ni siquiera él, y por supuesto jamás le devolvería ni tan siquiera un esbozo de sonrisa o simpatía.
Los secretos de ella no eran tales para él, demasiados años tratando de conocerla como si todas y cada de las paredes, puertas y ventanas, las hubiera hecho él mismo con sus propias manos.
Por supuesto, todas las historias tienen algún misterio, y en esta, era una simple puerta, otra más de tantas, en ningún lugar más especial que ninguna otra en ningún otro pasillo de tantos y tan largos y estrechos como había en el lugar. Pero esa puerta, jamás se abrió, su pomo no cedía lo más mínimo, y si algo no haría nunca él, sería romper una puerta, no entraría a la fuerza donde ella no quisiera que lo hiciera.
Y tras años, no pudo disimularlo más, la tristeza comenzó a invadirlo también a él, sentía que no podía hacer nada más por ella, y esa maldita puerta seguía sin mostrar el otro lado. Al siguiente invierno, decidió que no debía haber más, y que aquella puerta probablemente solo contenía aquello que la mansión jamás mostraba, ni de lo que jamás se desprendería, su eterno lúgubre corazón. Sencillamente guardaba esa parte de sí misma, y la otra... era él. Aquella noche él decidió que la puerta de su habitación tampoco se abriría nunca más, él nunca se iría de allí, si marchaba, con él se iría la única parte que sostenía los latidos con algo de verdadera vida en ella.
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